sábado, 9 de mayo de 2015

Desigualdad y analfabetismo




Clara Presman*

En un mundo cada vez más desigual, donde 85 individuos concentran más riqueza que los 3 mil 500 millones de habitantes más pobres en el planeta, es decir, la mitad de la población mundial, las oportunidades también son cada vez más desiguales. El acceso a la educación es una de ellas. Sapere aude, atrévete a saber, la locución latina que escribió Horacio en el siglo I, se completa así: “quien comenzó ya hizo la mitad”. Atreverse a saber no es fácil. Pero más difícil es no poder atreverse.

Cerca del 16 por ciento de la población global es analfabeta. Más de 780 millones de personas en edad adulta no saben leer ni escribir. Según el Atlas de la alfabetización, del Instituto de Estadística de la Organización de las Naciones Unidas para Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por su sigla en inglés), de ellas, el 64 por ciento son mujeres. Por otro lado, del total de adultos analfabetas, 126 millones son jóvenes de entre 15 y 24 años, y de ellos, cerca de 70 millones son mujeres.

La educación es un derecho humano fundamental y la base para garantizar el cumplimiento de otros derechos. La calidad universal de la educación es una condición esencial para hacer frente a la inequidad, erradicar la pobreza y crear sociedades más inclusivas. El desarrollo sostenible de una sociedad más igualitaria comienza por allí. Educación es sinónimo de libertad. ¿Será por esto que tantos gobiernos temen a que el pueblo esté educado?

Paulo Freire escribe que “enseñar exige seguridad, capacidad profesional y generosidad”. Sobre todo, generosidad. La docencia es de las tareas más nobles. Compartir los saberes para democratizar el conocimiento. Además hay quienes lo hacen ante la adversidad. Docentes rurales que se trasladan todos los días hasta las zonas más inhóspitas para compartir conocimiento con quienes tienen menos posibilidad de acceso. Numerosas escuelas que funcionan en sectores urbanos marginales con condiciones socioeconómicas complejas; en contexto de encierro como cárceles y manicomios; en países donde hay conflictos bélicos o catástrofes naturales. Otro caso paradigmático donde la educación supera cualquier barrera es el programa de alfabetización cubano Yo Sí Puedo.

El proyecto surgió en 2001 por sugerencia del entonces presidente cubano Fidel Castro, con el objetivo de erradicar el analfabetismo, y fue coordinado por Leonela Relys Díaz, doctora en ciencias pedagógicas. Se elaboró una cartilla que combina números y letras para enseñar a leer y a escribir a personas adultas mediante la utilización de recursos audiovisuales como la televisión y reproductores de video. Este programa se desarrolla a través de un método de enseñanza compuesto, en el que se utilizan los números para facilitar el proceso de aprendizaje de la lectoescritura; se asocian los números con letras y se parte de lo conocido para alcanzar lo desconocido. De acuerdo con el contexto en el que se desarrolle, puede aplicarse en español, portugués, inglés, quechua, aymara, creole, tetún, swahili o guaraní. Tiene como objetivo fundamental, además de lograr la alfabetización, la inserción activa de los participantes en el quehacer social, económico y político de la comunidad del país donde viven. Además de recursos audiovisuales, se utiliza un “facilitador”, quien se encarga de transmitir los conocimientos y es el vínculo entre la clase audiovisual y el participante.

Gracias a la solidaridad de Cuba y su intención de compartir el programa educativo a los países que lo necesitan, Yo Sí Puedo fue aplicado con éxito en Argentina, Venezuela, México, Ecuador, Bolivia, Guatemala, Nicaragua, Haití y Colombia, y ha hecho posible alfabetizar a millones de personas. Además, ha sido llevado a varios países africanos, como Guinea-Bisáu, Mozambique y Sudáfrica, así como a Nueva Zelanda y Oceanía. También a la ciudad española de Sevilla, que fue la primera experiencia del programa en Europa.

Con la aplicación de este sistema de enseñanza se podría alfabetizar a una persona en 7 semanas y así se lograría erradicar el analfabetismo con sólo la tercera parte del fondo de la UNESCO para estos fines. Terminar con el analfabetismo no es una cuestión de recursos económicos, depende de la voluntad política de los gobiernos de brindar a los ciudadanos la posibilidad de estar educadas. La posibilidad de ser libres.
Clara Presman*/Centro de Colaboraciones Solidarias
*Periodista
[OPINIÓN]



Contralínea 436 / del 11 al 17 de Mayo 2015



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